domingo, 17 de octubre de 2010

El rescate de mineros
DIFERENCIA ENTE
MÉXICO Y CHILE

Por Helí Herrera Hernández
plazacaracol@hotmail.com
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Como un alumbramiento múltiple, lleno de emoción y no pocas lagrimas, los 33 mineros atrapados en la mina San José, en el desierto de Atacama en Chile, sesenta y nueve días, seguían volviendo uno a uno a la superficie durante la madrugada del miércoles, estremeciendo de emoción a sus familias, al pueblo chileno y al mundo entero.

Los rescatados, en sorprendente buen estado, agradecían a los rescatistas por haberlos traído virtualmente de vuelta a la vida mediante esfuerzos inéditos y hasta ahora exitosos, que elevaron el orgullo nacional chileno a un nuevo techo.

Uno a uno fueron subidos por la cápsula “”fénix””, bautizada así por el ave mitológica que renace de sus cenizas, y fueron abrazados por el presidente chileno Sebastian Piñeira, quien al concluir el exitoso rescate declaro a la prensa mundial que “”la mina San José y muchas más no volverán abrirse mientras no se garantice la seguridad de sus trabajadores. Lo mismo va a ocurrir con muchas otras minas de nuestro país, y no solamente en la minería. Estamos haciendo una revisión completa de la normas de seguridad y protección de nuestros trabajadores en el sector de la minería, de la construcción, en el transporte, la pesca y la industria””.

Lo que parecía una tragedia en el desierto más árido de todo el planeta, el gobierno de aquel país sudamericano se encargo de convertirlo en un éxito humano, porque nunca abdico de su responsabilidad moral, espiritual y constitucional de realizar, cualquier esfuerzo y a cualquier costo, para rescatar vidas accidentadas que hicieron revivir nuestros fantasmas, por los sucesos ocurridos en la mina de carbón pasta de conchos, ubicada en San Juan de Sabinas, en la región de Nueva Rosita en el estado de Coahuila el 19 de febrero de 2006, y en donde murieron 65 mineros por negligencia del presidente Vicente Fox, quien estaba más interesado en ser promotor de la campaña de su candidato, Felipe Calderón Hinojosa, que para esas fechas todo indicaba que podía perder la elección de julio de ese mismo año.
El rescate de los 33 mineros chilenos sirve, en consecuencia, no solo para revivir nuestra tragedia, sino para comparar a los gobiernos de México y de Chile. Para valorar sus responsabilidades gubernamentales, sus sentimientos, su sensibilidad humana, su amor por la vida.

Y digo esto porque Chile y su gobierno nos han dado una extraordinaria lección de lo que en verdad debe ser un buen gobierno, no solo por haber ordenado el rescate, sino por las medidas públicas que, después de haberlo realizado con éxito, dicto el presidente Sebastian Piñeira relativas a cerrar todas las minas de aquella nación, independientemente de revisar los estándares de seguridad con que operan decenas de miles de trabajadores chilenos en otros sectores económicos de la producción de alto riesgo.

Allá, antes que el interés de los grupos económicos propietarios de Minas y otro tipo de industrias, el presidente opto por la seguridad de los trabajadores, cerrando todas sin excepción. Acá, don Chente opto por brindarle impunidad al dueño del Grupo México el señor Germán Larrea (propietario del mayor número de minas en nuestro país), exculpándolo de cualquier responsabilidad por los 65 mineros muertos, sin que haya sido algún tribunal el que lo hubiera hecho.

Allá, el presidente Santiago Piñeira ordeno no escatimar recurso económico alguno para lograr el rescate, gastándose poco más de 20 millones de dólares para lograrlo, mientras que acá, datos oficiales revelan que solo se autorizaron 780 mil pesos.

Allá, el presidente Chileno ordenó que nunca detuvieran los trabajos sino hasta lograr que el último de los 33 trabajadores atrapados pisara de nueva cuenta la superficie, sin importar el tiempo que para tal efecto se necesitara, mientras que acá, don Chente los suspendió prácticamente a los tres días.

Allá, los mineros se encontraban a una profundidad de 700 metros. Los mexicanos tan solo a 150 metros.

Allá, el presidente Piñeira estuvo varias ocasiones en la boca de la mina, inclusive desde que se inició el rescate hasta que estrecho la mano del último minero traído a la superficie. Acá, don chente ni siquiera se apareció.

Allá, el presidente Piñeira se ha declara un creyente. Acá, tanto Vicente Fox como Felipe de Jesús Calderón Hinojosa se han declarado católicos, apostólicos y cuasi romanos, reiterando tener en consecuencia, como buenos cristianos, un extraordinario amor por la vida, que en la práctica y entratándose de los hechos relatados en la mina de pasta de conchos, nunca demostraron.

Y justo cuando se dan esos éxitos a nivel mundial, de algún gobierno-país, es cuando a los mexicanos nos da envidia de querer tener gobiernos responsables, que actúen siempre a la altura que las circunstancias se lo exigen, y no como los que hemos tenido posteriores al cardenismo, que han terminado siendo rehenes de los grupos de poder económico de México, convirtiéndose en sus alfiles y vasallos.

¿Hasta cuando nos durarán estas plagas, estas epidemias? Seguramente hasta que los mexicanos quieran, porque mientras sigan siendo víctimas de los poderes fácticos y de las limosnas que les tiran en las campañas, eso nunca ocurrirá.


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