domingo, 10 de enero de 2010

DE AÑO GÉLIDO
A CALIENTE

Por Helí Herrera Hernández

plazacaracol@hotmail.com
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Las temperaturas que esta viviendo el país contrastan con la molestia, el enojo, la rabia y el desánimo de millones de compatriotas que en diez días han visto pulverizar el poco dinero que les quedo de las fiestas decembrinas.

Baste con que se ponga usted a escuchar en el urbano, en el mercado, en los centros comerciales, en las oficinas de su trabajo, en la iglesia, en el parque, en su casa o en la calle a la población en general, como para percatarse del descontento generalizado de la población respecto a las disposiciones del gobierno federal de subir impuestos y aumentar los precios de sus bienes.

Quienes no se quejan del aumento al pasaje lo hacen del de la tortilla; otros lo hacen con mayor énfasis respecto a los que registra el huevo, la carne de pollo y res; el pan, el frijol, la leche. La clase media que aun sobrevive critica de manera enjundiosa las alzas a la gasolina y el diesel, a los recibos de agua y luz; a la colegiaturas y artículos escolares, a las prendas de vestir, al calzado.

Los comerciantes y empresarios señalan su molestia por los aumentos porcentuales al impuesto sobre la renta, al IETU, a los depósitos bancarios en efectivo, a la televisión satelital y por cable, a la telefonía celular, mientras que los consumidores de cigarros, cervezas y bebidas alcohólicas lo hacen por los dineros que le subieron a sus productos.

No hay lugar, en pocas palabras, donde la inconformidad no se manifieste contra el gobierno de Felipe Calderón que resulto ser peor de lo que nos imaginábamos los que sabíamos, de antemano, que iba a ser, de ganar, uno de los peores en la historia de México.

¿Qué buen gobierno hubiera querido celebrar, en estas condiciones el centenario y bicentenario del inicio de la revolución e independencia de México?
Sinceramente ninguno. Pero éste que por sus orígenes es conservador, queriendo darle atole con el dedo a sus gobernados, ha preparado una serie de festejos en medio de una crisis económica y de valores con un alto presupuesto, que enrabia más a los mexicanos por el derroche de recursos, cuando la tónica es ahorrar.

¿Qué festejamos pues? ¿Una independencia de España cuando hoy somos una neocolonia norteamericana, japonesa o alemana, porque son los dueños del capital de estos países los que imponen las condiciones en México?

¿Cuándo las políticas públicas son trazadas por el Conceso de Washington, es decir, por los organismo financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional, El Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial? ¿Cuándo los Presidentes de la República neoliberales de hoy y de antes se han convertido en títeres o instrumentos de los varones del dinero doméstico y extranjeros?

¿Celebramos el centenario de la Revolución Mexicana, esa que se hizo por el descontento generalizado de millones de compatriotas que lucharon por mejores condiciones laborales, por que la educación fuera un derecho social y no privilegio de unos cuantos, para que la tierra se repartiera entre los que no tenían un pedazo de ella, por que el precario salario que recibían les alcanzara, por lo menos, para que no se murieran de hambre?

¿Acaso ya fueron superadas esas condiciones o, planteado de otra forma más actual, las que vivimos no fueron las que motivaron el levantamiento en 1910?

¿No es acaso paradójico que las políticas obreras de Porfirio Díaz de golpear y desarticular violentamente las huelgas de Cananea y Río Blanco en 1906 y 1907 sean similares al decreto de liquidación de la Compañía Luz y Fuerza del Centro, que mando, por una orden presidencial a la calle a más de 42 mil trabajadores electricistas?

¿Para que destinar entonces 800 millones de pesos? ¿Para festejar un bicentenario y un centenario, que más bien debería ser un llamado de atención al gobierno federal para desactivar las causas, que son las mismas que motivaron lo que hoy festejamos?
No tengo la menor duda del grado de inconformidad social que en este 2010 se esta viviendo, que se encuentra al borde del límite de la tranquilidad social, si en lugar del derroche gubernamental se ajusta el presupuesto para congelar precios de todos los bienes y servicios propiedad del Estado, y de todas las mercancías por los momentos de crisis económica que se viven.